Madame Bovary

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Emma se volvía difícil, caprichosa. Se encargaba platos para ella que luego no probaba, un día no bebía más que leche pura, y, al día siguiente, tazas de té por docenas. A menudo se empeñaba en no salir, después se sofocaba, abría las ventanas, se ponía un vestido ligero. Reñía duro a su criada, luego le hacía regalos o la mandaba a visitar a las vecinas, lo mismo que echaba a veces a los pobres todas las monedas de plata de su bolso, aunque no era tierna, ni fácilmente accesible a la emoción del prójimo, como la mayor parte de la gente descendiente de campesinos, que conservan siempre en el alma algo de la callosidad de las manos paternas.

Hacia fines de febrero, el señor Rouault, en recuerdo de su curación, llevó él mismo a su yerno un pavo soberbio, y se quedó tres días en Tostes. Como Carlos estaba ocupado con sus enfermos, Emma le hizo compañía. Fumó en la habitación, escupió sobre los morillos de la chimenea, habló de cultivos, terneros, vacas, aves y de los concejales; de tal modo que cuando se marchó el hombre, Emma cerró la puerta con un sentimiento de satisfacción que a ella misma le sorprendió. Por otra parte, ya no ocultaba su desprecio por nada ni por nadie; y a veces se ponía a expresar opiniones singulares, censurando lo que aprobaban, y aprobando cosas perversas o inmorales, lo cual hacía abrir ojos de asombro a su marido.


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