Madame Bovary

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¿Duraría siempre esta miseria?, ¿no saldría de allí jamás? ¡Sin embargo, Emma valía tanto como todas aquellas que eran felices! Había visto en la Vaubyessard duquesas menos esbeltas y de modales más ordinarios, y abominaba de la injusticia de Dios; apoyaba la cabeza en las paredes para llorar; envidiaba la vida agitada, los bailes de disfraces, los placeres con todos los arrebatos que desconocía y que debían de dar. Palidecía y tenía palpitaciones. Carlos le dio valeriana y baños de alcanfor. Todo lo que probaban parecía irritarle más. Algunos días charlaba con una facundia febril; a estas exaltaciones sucedían de pronto unos entorpecimientos en los que se quedaba sin hablar, sin moverse. Lo que la reanimaba un poco entonces era frotarse los brazos con un frasco de agua de Colonia. Como se estaba continuamente quejando de Tostes, Carlos imaginó que la causa de su enfermedad estaba sin duda en alguna influencia local, y, persistiendo en esta idea, pensó seriamente en ir a establecerse en otro sitio.

Desde entonces, Emma bebió vinagre para adelgazar, contrajo una tosecita seca y perdió por completo el apetito. A Carlos le costaba dejar Tostes después de cuatro años de estancia y en el momento en que empezaba a situarse ahí. Sin embargo, ¡si era preciso! La llevó a Rouen a que la viera su antiguo profesor. Era una enfermedad nerviosa: tenía que cambiar de aires. Después de haber ido de un lado para otro.


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