Madame Bovary
Madame Bovary Algunos habitantes de Yonville llegaron a la plaza; hablaban todos a la vez pidiendo noticias, explicaciones y canastas; Hivert no sabía a cuál atender. Era él quien hacía en la ciudad los encargos del pueblo. Iba a las tiendas, traía rollos de cuero al zapatero, hierro al herrador, un barril de arenques para su ama, gorros de la sombrerería, tupés de la peluquería, y a lo largo del trayecto, a la vuelta, repartía sus paquetes, que tiraba por encima de las tapias, de pie en el pescante y gritando a pleno pulmón, mientras que sus caballos iban completamente solos.
Un incidente le había retrasado: la perrita galga de Madame Bovary se había escapado por el campo. Le habían silbado durante un cuarto de hora largo; incluso Hivert había vuelto una media legua atrás, creyendo verla a cada minuto; pero hubo que continuar el camino. Emma lloró, se enfadó; acusó a Carlos de aquella desgracia. El señor Lheureux, comerciante de telas que viajaba con ella en el coche, intentó consolarla con muchos ejemplos de perros perdidos que reconocieron a su amo al cabo de largos años. Se hablaba de uno que había vuelto de Constantinopla a París. Otro había hecho cincuenta leguas en línea recta y pasado cuatro ríos a nado; y su propio padre había tenido un perro de aguas que, después de doce años de ausencia, le había saltado de pronto en la espalda, en la calle, cuando iba a cenar fuera de casa.