Madame Bovary

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Se calló, buscando con los ojos a un público a su alrededor, pues, en su efervescencia, el farmacéutico se había creído por un momento en pleno consejo municipal. Pero la posadera ya no le escuchaba, prestaba atención a un ruido de ruedas lejano. Se distinguió el rodar de un coche mezclado con un crujido de hierros flojos que daban en el suelo, y por fin «La Golondrina» se paró delante de la puerta.

Era un arcón amarillo sobre dos grandes ruedas que, subiendo a la altura de la baca, impedían a los viajeros ver la carretera y les ensuciaban los hombros. Los pequeños cristales de sus estrechas ventanillas temblaban en sus bastidores cuando el coche estaba cerrado, y conservaban manchas de barro, que ni siquiera las lluvias de tormenta lavaban por completo. El tiro era de tres caballos, de los cuales el del centro iba delante, y cuando bajaban las cuestas el coche rozaba el suelo con el traqueteo.







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