Madame Bovary

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Aquella cena de la víspera había sido para él un acontecimiento relevante; nunca hasta entonces había hablado durante dos horas seguidas con una señora. ¿Cómo, pues, había podido exponerle, y en semejante lenguaje, cantidad de cosas que no hubiera dicho antes tan bien?, era habitualmente tímido y guardaba esa reserva que participa a la vez del pudor y del disimulo. La gente de Yonville apreciaba la corrección de sus modales. Escuchaba razonar a la gente madura, y no parecía exaltado en política, cosa rara en un joven. Además, poseía talento, pintaba a la acuarela, sabía leer la clave de sol, y le gustaba dedicarse a la literatura después de la cena, cuando no jugaba a las cartas. El señor Homais le consideraba por su instrucción; la señora Homais le tenía afecto por su amabilidad, pues a menudo acompañaba en el jardín a los pequeños Homais, unos críos, siempre embadurnados, muy mal educados y un poco linfáticos, como su madre. Para cuidarlos tenían, además de la muchacha, a Justino, el mancebo de la botica, un primo segundo del señor Homais que habían tomado en casa por caridad, y que servía al mismo tiempo de criado.






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