Madame Bovary

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El señor Bovary padre se quedó un mes en Yonville, a cuyos habitantes deslumbró con una soberbia gorra de policía, con galones de plata, que llevaba por la mañana, para fumar su pipa en la plaza. Como también tenía costumbre de beber mucho aguardiente, frecuentemente mandaba a la criada al «Lión d'Or» a comprar una botella, que anotaban en la cuenta de su hijo; y, para perfumar sus pañuelos, gastó toda la provisión de agua de Colonia que tenía su nuera.

Esta no se encontraba a disgusto en su compañía. Era un hombre que había recorrido el mundo; hablaba de Berlín, de Viena, de Estrasburgo, de su época de oficial, de las amantes que había tenido, de las grandes comidas que había hecho; además, se mostraba amable, a incluso a veces, en la escalera o en el jardín, la cogía por la cintura exclamando:

—¡Carlos, ten cuidado!

La señora Bovary madre llegó a asustarse por la felicidad de su hijo, y, temiendo que su esposo, a la larga, tuviese una influencia moral sobre las ideas de la joven, se apresuró a preparar la marcha. Quizás tenía preocupaciones más serias. El señor Bovary era hombre que no respetaba nada.


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