Madame Bovary

Madame Bovary

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La habitación, en la planta baja, la única de la vivienda, tenía al fondo contra la pared una ancha cama sin cortinas, mientras que la artesa ocupaba el lado de la ventana, uno de cuyos cristales estaba remendado con una flor de papel azul. En la esquina, detrás de la puerta, unos borceguíes de clavos relucientes estaban colocados sobre la piedra del lavadero, cerca de una botella llena de aceite que llevaba una pluma en su gollete; había un Mathieu Laensberg[37] tirado en la chimenea polvorienta, entre pedernales, cabos de vela y pedazos de yesca. Por fin, el último lujo de aquella casa era una Fama soplando en unas trompetas, imagen recortada, sin duda a propósito, directamente de algún prospecto de perfumería, y clavada en la pared con seis clavos de zuecos.

La hija de Emma dormía en el suelo, en una cuna de mimbre. Ella la cogió con la manta que la envolvía, y se puso a cantarle suavemente meciéndola.

León se paseaba por la habitación; le parecía extraño ver a aquella bella dama, con vestido de nankín, en medio de aquella miseria. Madame Bovary enrojeció; él se apartó, creyendo que sus ojos quizás habían sido algo impertinentes. Después Emma volvió a acostar a la niña, que acababa de vomitar sobre su babero. La nodriza fue inmediatamente a limpiarla asegurando que no se notaría.


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