Madame Bovary
Madame Bovary Entre las ventanas del pueblo había una todavía más frecuentemente ocupada, pues los domingos, desde la mañana a la noche, y todas las tardes, si el tiempo estaba claro, se veía en la claraboya de un desván el flaco perfil del señor Binet inclinado sobre su torno, cuyo zumbido monótono llegaba hasta el «Lion d'Or».
Una noche al volver a casa, León encontró en su habitación un tapete de terciopelo y lana con hojas sobre fondo pálido, llamó a la señora Homais, al señor Homais, a Justino, a los niños, a la cocinera, se lo contó a su patrón; todo el mundo quiso conocer aquel tapete; ¿por qué la mujer del médico se mostraba tan «generosa» con el pasante? Aquello pareció raro, y se pensó definitivamente que ella debía ser «su amiga».
El daba motivos para creerlo, pues hablaba continuamente de sus encantos y de su talento, hasta el punto de que Binet le contestó una vez muy brutalmente:
—¿A mí qué me importa, si no soy de su círculo de amistades?