Madame Bovary

Madame Bovary

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—¡Ah! —dijo él vivamente y en voz baja—, no tendría que ir lejos para encontrarlo; puede estar segura. Y comenzó a pedirle noticias del tío Tellier, el dueño del «Café Francés», a quién por aquel entonces cuidaba el señor Bovary.

—¿Qué es lo que tiene el tío Tellier?… ¡Tose tanto que sacude toda la casa y me temo mucho que pronto necesite más bien un gabán de abeto que una camisola de franela! ¡Corrió tantas juergas de joven! Esa gente, señora, no tenía el menor orden, se ha quemado con el aguardiente. ¡Pero, a pesar de todo, es triste ver marcharse a un conocido!

Y, mientras que cerraba su caja, hablaba de este modo sobre la clientela del médico.

—Sin duda, es el tiempo —dijo mirando los cristales con una cara de mal humor— la causa de estas enfermedades. Tampoco yo me encuentro bien del todo; tendré que venir un día de estos a consultar al señor por un dolor que tengo en la espalda. ¡Bueno, hasta la vista, Madame Bovary; a su disposición; su más humilde servidor!

Y volvió a cerrar la puerta despacio.

Emma mandó que le sirvieran la cena en su habitación, junto al fuego, en una bandeja; comió despacio; todo le pareció bueno.


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