Madame Bovary

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Entonces el señor Lheureux le mostró delicadamente tres echarpes argelinos, varios paquetes de agujas inglesas, un par de zapatillas de paja, y, finalmente, cuatro hueveros de coco, cincelados a mano por presidiarios. Después, con las dos manos sobre la mesa, el cuello estirado, la cintura inclinada, seguía con la boca abierta la mirada de Emma que se paseaba indecisa entre aquellas mercancías. De vez en cuando, como para limpiar el polvo, daba un golpe con la uña a la seda de los echarpes, que desplegados en toda su longitud temblaban con un ruido ligero, haciendo centellear a la luz verdosa del crepúsculo, como pequeñas estrellas, las lentejuelas de oro del tejido.

—¿Cuánto cuestan?

—Una miseria —respondió él—, una miseria; pero ya me pagará, sin prisa; cuando usted quiera; ¡no somos judíos!

Ella reflexionó unos instantes y acabó dando las gracias al señor Lheureux, quien replicó sin inmutarse:

—Bueno, nos entenderemos más adelante; con las señoras siempre me he entendido, siempre, menos con la mía.

Emma sonrió.

—Quiero decir —continuó en tono campechano después de su broma—, que no es el dinero lo que me preocupa. Yo le daría a usted si le hiciera falta.

Ella hizo un gesto de sorpresa.


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