Madame Bovary
Madame Bovary Después de haber dejado en la puerta su sombrero adornado con un crespón, puso sobre la mesa una caja verde, y empezó a quejarse a la señora, con mucha cortesía, de no haber merecido hasta entonces su confianza. Una pobre tienda como la suya no estaba hecha para atraer a una «elegante»; subrayó la palabra. Ella no tenía, sin embargo, más que pedir, y él se encargaría de proporcionarle lo que quisiera, tanto en mercería como en ropa blanca, sombrerería o novedades, pues iba a la ciudad cuatro veces al mes, regularmente. Estaba en relación con las casas más fuertes. Podían dar referencias de él en los «Trois Frères», en «La Barbe d'Or» o en el «Grand Sauvage»; ¡todos estos señores le conocían como a sus propios bolsillos! Hoy venía a enseñar a la señora, de paso, varios artículos de que disponía gracias a una ocasión excepcional, y sacó de la caja media docena de cuellos bordados.
Madame Bovary los examinó.
—No necesito nada —le dijo.