Madame Bovary
Madame Bovary Cuando Carlos volvió a casa a medianoche, Emma fingió despertarse, y, como él hizo ruido al desnudarse, ella se quejó de jaqueca; después preguntó con indiferencia cómo había transcurrido la velada.
—El señor León —dijo él— se marchó temprano.
Ella no pudo evitar una sonrisa y se durmió con el alma llena de un encanto nuevo.
Al día siguiente, al caer la tarde, recibió la visita de un tal Lheureux, que tenía una tienda de novedades. Era un hombre hábil este tendero. Gascón de nacimiento, pero normando de adopción, unía su facundia meridional a la cautela de las gentes de Caux. Su cara gorda, blanda y sin barba, parecía teñida por un cocimiento de regaliz claro, y su pelo blanco avivaba aún más el brillo rudo de sus ojillos negros. No se sabía lo que había sido antes: buhonero, decían unos, banquero en Routot, afirmaban otros. Lo cierto es que hacía, mentalmente, unos cálculos complicados, que asustaban al propio Binet. Amable hasta la obsequiosidad, permanecía siempre con la espalda inclinada, en la actitud de alguien que saluda o que invita.