Madame Bovary
Madame Bovary —¡Ah! —se dijo ella—, lleva una navaja en su bolsillo como un campesino.
CaÃa la escarcha, y se volvieron hacia Yonville.
Aquella noche Madame Bovary no fue a casa de sus vecinos, y, cuando se marchó Carlos y ella se sintió sola, surgió de nuevo el paralelo entre la nitidez de una sensación casi inmediata y esa prolongación de perspectiva que el recuerdo da a los objetos. Mirando desde la cama el fuego claro que ardÃa, seguÃa viendo como allá lejos, a León de pie, doblando con una mano su junquillo y llevando de la otra a AtalÃa, que chupaba tranquilamente un trozo de hielo. Lo encontraba encantador; no podÃa dejar de pensar en él; recordó actitudes suyas en otros dÃas, frases que le habÃa dicho, el tono de su voz, toda su persona; y se repetÃa, adelantando sus labios como para besar:
—¡SÃ, encantador!, ¡encantador!… ¿No estará enamorado? —se preguntó—. ¿De quién?… ¡Pues de mÃ!
Aparecieron a la vez todas las pruebas, su corazón le dio un vuelco. La llama de la chimenea hacÃa temblar en el techo una claridad alegre; ella se volvió de espalda estirando los brazos. Entonces comenzó la eterna lamentación: ¡Oh!, ¡si el cielo lo hubiese querido! ¿Por qué no puede ser? ¿Quién lo impedÃa, pues?…