Madame Bovary
Madame Bovary Y, apretando los labios, tiró lentamente de una larga hebra de hilo gris. Esta labor irritaba a León. Los dedos de Emma parecían desollarse por la punta; se le ocurrió una frase galante, pero no se arriesgó.
—¿Es que la abandona? —repuso él.
—¿Qué? —contestó ella vivamente—; ¿la música? ¡Ah, Dios mío, sí!, tengo una casa que gobernar, marido que atender, y mil cosas más, ¡muchas otras obligaciones que están antes!
Miró el reloj. Carlos se retrasaba. Entonces se hizo la preocupada. Dos o tres veces incluso repitió:
—¡Es tan bueno!
El pasante le tenía afecto al señor Bovary, pero aquella ternura por él le sorprendió de una forma desagradable; no obstante, continuó su elogio, un elogio que oía hacer a todo el mundo, y sobre todo al farmacéutico.
—¡Ah, es una buena persona! —repuso Emma.
—Ciertamente —dijo el pasante.
Y comenzó a hablar de la señora Homais, cuya indumentaria, muy descuidada, les movía a risa ordinariamente.
—¿Qué importa eso? —interrumpió Emma. Una buena madre de familia no se preocupa por su atavío.
Después volvió a quedarse en silencio.