Madame Bovary
Madame Bovary Ocurrió lo mismo los días siguientes; sus discursos, sus maneras, todo cambió. Se la vio como tomar a pecho el cuidado de su casa, volver a la iglesia regularmente y mostrarse más severa con su criada.
Sacó a Berta de la nodriza. Felicidad se la traía cuando había visitas, y Madame Bovary la desnudaba para enseñarles sus miembros. Decía que adoraba a los niños; era su consuelo, su alegría, su locura, y acompañaba sus caricias con expansiones líricas, que a los que no fueran de Yonville les habría recordado a la Sachette[39] de Nuestra Señora de París.
Cuando Carlos regresaba, encontraba sus zapatillas calentándose cerca del rescoldo. No les faltaba el forro a sus chalecos ni los botones a sus camisas, a incluso daba gusto ver en el armario todos sus gorros de algodón colocados en pilas iguales. Emma no refunfuñaba, como antes, por ir a pasear por el jardín; lo que él proponía era siempre aceptado, aunque ella no adivinase sus deseos, a los que se sometía sin decir palabra; y cuando León le vela al lado del fuego, después de cenar, con las dos manos sobre el vientre, los dos pies sobre los morillos de la chimenea, las mejillas rosadas por la digestión, los ojos húmedos de felicidad, con la niña que se arrastraba sobre la alfombra, y aquella mujer de fina cintura que por encima del respaldo del sillón venia a besarle en la frente, se decía:
—¡Qué locura!, y ¿cómo llegar hasta ella?