Madame Bovary
Madame Bovary Asà pues, cargó totalmente sobre él el enorme odio que resultaba de sus aburrimientos, y cada esfuerzo para disminuirlo no servÃa más que para aumentarlo, pues aquel empeño inútil se añadÃa a los otros motivos de desesperación y contribuÃa más al alejamiento. Hasta su propia dulzura de carácter le rebelaba. La mediocridad doméstica la impulsaba a fantasÃas lujosas, la ternura matrimonial, a deseos adúlteros. Hubiera querido que Carlos le pegase, para poder detestarlo con más razón, vengarse de él. A veces se extrañaba de las conjeturas atroces que le venÃan al pensamiento; y tenÃa que seguir sonriendo, oÃr cómo repetÃan que era feliz, fingir serlo, dejarlo creer.
Sin embargo, estaba asqueada de esta hipocresÃa. Le daban tentaciones de escapar con León a alguna parte, muy lejos, para probar una nueva vida; pero inmediatamente se abrÃa en su alma un abismo vago lleno de oscuridad.
—Además, no me quiere —pensaba ella—; ¿qué va a ser de m�, ¿qué ayuda esperar, qué consuelo, qué alivio?
Se quedaba destrozada, jadeante, inerte, sollozando en voz baja y bañada en lágrimas.
—¿Por qué no se lo dice al señor? —le preguntó la muchacha, cuando la encontraba en esta crisis.
—Son los nervios —respondÃa Emma—; no le digas nada, le alarmarÃas.