Madame Bovary

Madame Bovary

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—Sigue muy ocupado, sin duda. Porque él y yo somos ciertamente las dos personas de la parroquia que más trabajo tenemos. Pero él es el médico de los cuerpos, añadió con una risotada, y yo lo soy de las almas.

—Sí… —dijo—, usted alivia todas las penas.

—¡Ah, no me hable, Madame Bovary! Esta misma mañana, tuve que ir a Bas Dauville para una vaca que tenía la hinchazón; creían que era un maleficio. Todas sus vacas, no sé cómo… Pero, ¡perdón! ¡Longuemarre y Bondet!, ¡demonios! Haced el favor de terminar. ¿Queréis estaros quietos de una vez? Y, de un salto, se presentó en la iglesia.

Los chiquillos, entonces, se apretaban alrededor del gran atril, se subían al entarimado del chantre, abrían el misal; y otros, de puntillas iban a meterse en el confesonario. Pero el cura, de pronto, repartió entre todos una granizada de bofetadas. Agarrándolos por el cuello de la chaqueta, los levantaba del suelo y los volvía a poner de rodillas sobre el pavimento del coro, con fuerza, como si hubiera querido plantarlos allí.

—Mire usted —dijo volviendo junto a Emma, y desdoblando su gran pañuelo de algodón, una de cuyas puntas metió entre sus dientes—, ¡los labradores son dignos de lástima!

—Hay otros —replicó ella.

—Sin duda, los de las ciudades, por ejemplo.

—No son ellos…


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