Madame Bovary
Madame Bovary Entonces volvieron los malos dÃas de Tostes. Se creÃa ahora mucho más desgraciada, pues tenÃa la experiencia del sufrimiento, con la certeza de que no acabarÃa nunca.
Una mujer que se habÃa impuesto tan grandes sacrificios, bien podÃa prescindir de caprichos. Se compró un reclinatorio gótico, y se gastó en un mes catorce francos en limones para limpiarse las uñas; escribió a Rouen para encargar un vestido de cachemir azul; escogió en casa de Lheureux el más bonito de sus echarpes; se lo ataba a la cintura por encima de su bata de casa; y, con los postigos cerrados, con un libro en la mano, permanecÃa tendida sobre un sofá con esta vestimenta.
A menudo variaba su peinado; se ponÃa a la china, en bucles flojos, en trenzas; se hizo una raya al lado y recogió el pelo por debajo, como un hombre.
Quiso aprender italiano: compró diccionarios, una gramática, una provisión de papel blanco. Ensayó lecturas serias, historia y filosofÃa. De noche, alguna vez, Carlos despertaba sobresaltado, creyendo que venÃan a buscarle para un enfermo:
—Ya voy —balbuceaba.
Y era el ruido de una cerilla que Emma frotaba para encender de nuevo la lámpara. Pero ocurrió con sus lecturas lo mismo que con sus labores, que, una vez comenzadas todas, iban a parar al armario; las tomaba, las dejaba, pasaba a otras.