Madame Bovary

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Tenía arrebatos que la hubiesen llevado fácilmente a extravagancias. Un día sostuvo contra su marido que era capaz de beber la mitad de un gran vaso de aguardiente, y, como Carlos cometió la torpeza de retarla, ella se tragó el aguardiente hasta la última gota.

A pesar de sus aires evaporados (ésta era la palabra de las señoras de Yonville), Emma, sin embargo, no parecía contenta, y habitualmente conservaba en las comisuras de sus labios esa inmóvil contracción que arruga la cara de las solteronas y la de las ambiciosas venidas a menos. Se la veía toda pálida, blanca como una sábana; la piel de la nariz se le estiraba hacia las aletas, sus ojos miraban de una manera vaga.

Por haberse descubierto tres cabellos grises sobre las sienes habló mucho de su vejez.

Frecuentemente le daban desmayos. Un día incluso escupió sangre, y, como Carlos se alarmara dejando ver su preocupación:

—¡Bah! —respondió ella—, ¿qué importa eso?

Carlos fue a refugiarse a su despacho; y allí lloró, de codos sobre la mesa, sentado en su sillón, debajo de la cabeza frenológica.

Entonces escribió a su madre para rogarle que viniese, y mantuvieron juntos largas conversaciones a propósito de Emma.

¿Qué decidir?, ¿qué hacer, puesto que ella rechazaba todo tratamiento?


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