Madame Bovary
Madame Bovary —¿Sabes lo que necesitarÃa tu mujer? —decÃa mamá Bovary. ¡SerÃan unas obligaciones que atender, trabajos manuales! Si tuviera, como tantas otras, que ganarse la vida, no tendrÃa esos trastornos, que le proceden de un montón de ideas que se mete en la cabeza y de la ociosidad en que vive.
—Sin embargo, trabaja —decÃa Carlos.
—¡Ah!, ¡trabaja! ¿Qué hace? Lee muchas novelas, libros, obras que van contra la religión, en las que se hace burla de los sacerdotes con discursos sacados de Voltaire. Pero todo esto trae sus consecuencias, ¡pobre hijo mÃo!, y el que no tiene religión acaba siempre mal.
Asà pues, se tomó la resolución de impedir a Emma la lectura de novelas. El empeño no parecÃa nada fácil. La buena señora se encargó de ello: al pasar por Rouen, irÃa personalmente a ver al que alquilaba libros y le dirÃa que Emma se daba de baja en sus suscripciones. No tendrÃa derecho a denunciar a la policÃa si el librero persistÃa a pesar de todo en su oficio de envenenador.
La despedida de suegra y nuera fue seca. Durante las tres semanas que habÃan estado juntas no habÃan intercambiado cuatro palabras, aparte de las novedades y de los cumplidos cuando se encontraban en la mesa, y por la noche antes de irse a la cama.