Madame Bovary
Madame Bovary Pasó el boticario. Llevaba un traje negro, un pantalón de nankin[42], zapatos de castor, y, caso extraordinario, un sombrero de copa baja.
—¡Servidor! —dijo, dispénseme, llevo prisa.
Y como la gorda viuda le preguntara adónde iba:
—Le parece raro, ¿verdad?, y yo que permanezco más encerrado en mi laboratorio que el ratón de campo en su queso.
—¿Qué queso? —dijo la mesonera.
—No, ¡nada!, ¡no es nada! —replicó Homais—. Sólo querÃa decirle, señora Lefrançois, que habitualmente permanezco totalmente recluido en mi casa. Hoy, sin embargo, en vista de la circunstancia, no tengo más remedio que…
—¡Ah!, ¿va usted allá? —le dijo ella con aire de desdén.
—SÃ, voy allá —replicó el boticario asombrado—; ¿acaso no formo parte de la comisión consultiva?
La señora Lefrançois le miró fijamente algunos minutos, y acabó por contestar sonriente:
—¡Eso es otra cosa! ¿Pero qué le importa a usted la agricultura?, ¿entiende usted de eso?