Madame Bovary

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De los dos extremos del pueblo llegaba la muchedumbre a la calle principal, lo mismo que de las callejuelas, de las avenidas y de las casas, y se oía de vez en cuando abatirse el martillo de las puertas, detrás de las burguesas con guantes de hilo, que salían a ver la fiesta. Lo que se admiraba sobre todo eran dos largos tejos cubiertos de farolillos, que flanqueaban un estrado donde iban a situarse las autoridades; y había, además, junto a las cuatro columnas del ayuntamiento, cuatro especies de postes, cada uno de los cuales sostenía un pequeño estandarte de tela verdosa, con inscripciones en letras doradas. En uno se leía: «Al comercio»; en otro: «A la agricultura»; en el tercero: «A la Industria»; y en el cuarto: «A las Bellas Artes».

Pero el regocijo que se manifestaba en todas las caras parecía entristecer a la señora Lefrançois, la hotelera. De pie sobre los escalones de su cocina, murmuraba para sus adentros:

—¡Qué estupidez!, ¡qué estupidez con esa barraca! Se creen que el prefecto estará muy a gusto cenando allí, bajo una tienda, como un saltimbanqui. Y a esos hacinamientos llaman procurar el bien del país, ¡para eso no valía la pena ir a buscar un cocinero a Neufchâtel! ¿Y para quién? ¿Para unos vaqueros y unos descamisados?…


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