Madame Bovary
Madame Bovary —¿Cómo, señor Boulanger, nos abandona usted?
Rodolfo aseguró que volverÃa. Pero cuando el presidente desapareció dijo:
—Por supuesto que no iré; voy mejor acompañado con usted que con él.
Y sin dejar de burlarse de la feria, Rodolfo, para circular más a gusto, mostraba su tarjeta azul al gendarme, y hasta se paraba a veces ante algún hermoso ejemplar que Madame Bovary apenas apreciaba. El se dio cuenta de esto, y entonces se puso a hacer bromas sobre las señoras de Yonville, a propósito de su indumentaria; después se disculpó a sà mismo por el descuido de la suya, la cual tenÃa esa incoherencia de cosas comunes y rebuscadas, en las que el vulgo habitualmente cree entrever la revelación de una existencia excéntrica, los desórdenes del sentimiento, las tiranÃas del arte, y siempre un cierto desprecio de las convenciones sociales, lo cual le seduce o le desespera. Por ejemplo, su camisa de batista con puños plisados se ahuecaba al soplo del viento, en el escote de su chaleco, que era de dril gris, y su pantalón de anchas rayas dejaba al descubierto en los tobillos sus botines de nankÃn, con palas de charol. Estaba tan reluciente que la hierba se reflejaba en él. Pisaba las deyecciones de caballo una mano en el bolsillo de su levita y su sombrero de paja ladeado.
—Además —añadió—, cuando se vive en el campo…