Madame Bovary

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—Es perder el tiempo —dijo Emma.

—¡Es verdad! —replicó Rodolfo—. Pensar que nadie entre esas buenas gentes es capaz de apreciar siquiera el corte de una levita.

Entonces hablaron de la mediocridad provinciana, de las vidas que se ahogaban, de las ilusiones que se perdían en ella.

—Por eso —decía Rodolfo— yo me sumo en una tristeza…

—¡Usted! —dijo ella con asombro—. ¡Pero si yo le creía muy alegre!

—¡Ah!, sí, en apariencia. Porque en medio del mundo sé poner sobre mi cara una máscara burlona; y sin embargo, cuántas veces a la vista de un cementerio, de un claro de luna, me he preguntado si no haría mejor yendo a reunirme con aquellos que están durmiendo…

—¡Oh! ¿Y sus amigos? —dijo ella—. Usted no piensa en eso.

—¿Mis amigos? ¿Cuáles? ¿Acaso tengo yo amigos? ¿Quién se preocupa de mí?

Y acompañó estas últimas palabras con una especie de silbido entre sus labios.


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