Madame Bovary
Madame Bovary Pero tuvieron que separarse uno del otro a causa de una pila de sillas que un hombre llevaba detrás de ellos. Iba tan cargado que sólo se le veÃa la punta de los zapatos y el extremo de sus dos brazos abiertos. Era Lestiboudis, el enterrador, que transportaba entre la muchedumbre las sillas de la iglesia.
Con gran imaginación para todo lo relativo a sus intereses habÃa descubierto aquel medio de sacar partido de los «comicios»; y su idea estaba dando resultado, pues no sabÃa ya a quién escuchar. En efecto, los aldeanos, que tenÃan calor, se disputaban aquellas sillas cuya paja olÃa a incienso, y se apoyaban contra sus gruesos respaldos, sucios de la cera de las velas, con una cierta veneración.
Madame Bovary volvió a tomar el brazo de Rodolfo; él continuó como hablándose a sà mismo:
—¡SÃ!, ¡tantas cosas me han faltado!, ¡siempre solo! ¡Ah!, si hubiese tenido una meta en la vida, si hubiese encontrado un afecto, si hubiese hallado a alguien… ¡Oh!, ¡cómo habrÃa empleado toda la energÃa de que soy capaz, lo habrÃa superado todo, roto todos los obstáculos!
—Me parece, sin embargo —dijo Emma—, que no tiene de qué quejarse.
—¡Ah!, ¿cree usted? —dijo Rodolfo.
—Pues al fin y al cabo —replicó ella—, es usted libre.