Madame Bovary

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Emma vaciló:

—Rico.

—No se burle de mí —contestó él.

Y ella le estaba jurando que no se burlaba, cuando sonó un cañonazo; inmediatamente la gente echó a correr en tropel hacia el pueblo. Era una falsa alarma. El señor no acababa de llegar y los miembros del jurado se encontraban muy apurados sin saber si había que comenzar la sesión o bien seguir esperando.

Por fin, al fondo de la plaza, apareció un gran landó de alquiler, tirado por dos caballos flacos, a los que daba latigazos con todas sus fuerzas un cochero con sombrero blanco. Binet sólo tuvo tiempo para gritar: «A formar», y el coronel lo imitó. Corrieron hacia los pabellones. Se precipitaron. Algunos incluso olvidaron el cuello. Pero el séquito del prefecto pareció darse cuenta de aquel apuro, y los dos rocines emparejados, contoneándose sobre la cadeneta del bocado, llegaron a trote corto ante el peristilo del ayuntamiento justo en el momento en que la guardia nacional y los bomberos se desplegaban al redoble del tambor, y marcando el paso.

—¡Paso! —gritó Binet.

—¡Alto! —gritó el coronel—, ¡alineación izquierda!


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