Madame Bovary
Madame Bovary Y después de un «presenten armas» en que se oyó el ruido de las abrazaderas, semejante al de un caldero de cobre que rueda por las escaleras, todos los fusiles volvieron a su posición.
Entonces se vio bajar de la carroza a un señor vestido de chaqué con bordado de plata, calvo por delante, con tupé en el occipucio, de tez pálida y aspecto bonachón. Sus dos ojos, muy abultados y cubiertos de gruesos párpados, se entornaban para contemplar la multitud, al mismo tiempo que levantaba su nariz puntiaguda y hacía sonreír su boca hundida. Reconoció al alcalde por la banda, y le comunicó que el señor prefecto no había podido venir. El era consejero de la prefectura, luego añadió algunas excusas. Tuvache contestó con cortesías, el otro se mostró confuso y así permanecieron frente a frente, con sus cabezas casi tocándose, rodeados por los miembros del jurado en pleno, el consejo municipal, los notables, la guardia nacional y el público. El señor consejero, apoyando contra su pecho su pequeño tricornio negro, reiteraba sus saludos, mientras que Tuvache, inclinado como un arco, sonreía también, tartamudeaba, rebuscaba sus frases, proclamaba su fidelidad a la monarquía, y el honor que se le hacía a Yonville.