Madame Bovary

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Hipólito, el mozo del mesón, fue a tomar por las riendas los caballos del cochero, y cojeando con su pie zopo, los llevó bajo el porche del «Lion d'Or», donde muchos campesinos se amontonaron para ver el coche. Redobló el tambor, tronó el cañón, y los señores en fila subieron a sentarse en el estrado, en los sillones de terciopelo rojo que había prestado la señora Tuvache.

Todas aquellas gentes se parecían. Sus fofas caras rubias, un poco tostadas por el sol, tenían el color de la sidra dulce, y sus patillas ahuecadas salían de grandes cuellos duros sujetos por corbatas blancas con el nudo bien hecho. Todos los chalecos eran de terciopelo y de solapas; todos los relojes llevaban en el extremo de una larga cinta un colgante ovalado de cornalina; y apoyaban sus dos manos sobre sus dos muslos, separando cuidadosamente la cruz del pantalón, cuyo paño no ajado brillaba más que la piel de las fuertes botas.

Las damas de la sociedad estaban situadas detrás, bajo el vestíbulo, entre las columnas, mientras que el público estaba en frente, de pie, o sentado en sillas. En efecto, Lestiboudis había llevado allí todas las que había trasladado de la pradera, e incluso corría cada minuto a buscar más a la iglesia, y ocasionaba tal atasco con su comercio que era difícil llegar hasta la escalerilla del estrado.


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