Madame Bovary

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—Creo —dijo el señor Lheureux, dirigiéndose al farmacéutico que pasaba para ocupar su puesto— que deberían haber puesto allí dos mástiles venecianos: con alguna cosa un poco severa y rica como novedad, hubiese sido de un efecto muy bonito.

—Ciertamente —respondió Homais—, pero, ¡qué quiere usted!, es el alcalde quien se ha encargado de todo. No tiene mucho gusto este pobre Tuvache, a incluso carece de lo que se llama talento artístico.

Entretanto, Rodolfo, con Madame Bovary, subió al primer piso del ayuntamiento, al salón de sesiones, y como estaba vacío, dijo que allí estarían bien para gozar del espectáculo a sus anchas.

Tomó tres taburetes de alrededor de la mesa oval, bajo el busto del monarca, y, acercándolos a una de las ventanas, se sentaron el uno al lado del otro.

Hubo un hormigueo en el estrado, largos murmullos, conversaciones. Por fin se levantó el señor consejero. Se sabía ahora que se llamaba Lieuvain, y corría su nombre de boca en boca entre el público. Después de haber ordenado varias hojas y mirado por encima para ver mejor, comenzó.

«Señores:


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