Madame Bovary

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»Permítanme en primer lugar, antes de hablarles del motivo de esta reunión de hoy, y estoy seguro de que este sentir será compartido por todos ustedes, permítanme, digo, hacer justicia a la administración superior, al gobierno, al monarca, señores, a nuestro soberano, a ese rey bien amado a quien ninguna rama de la prosperidad pública o privada le es indiferente, y que dirige a la vez con mano tan firme y tan prudente el carro del estado en medio de los peligros incesantes de un mar tempestuoso, sabiendo, además, hacer respetar la paz como la guerra, la industria, el comercio, la agricultura y las bellas artes».

—Debería —dijo Rodolfo—, echarme un poco hacia atrás.

—¿Por qué? —dijo Emma.

Pero en este momento la voz del consejero, elevando el tono de un modo extraordinario, declaraba:

«Ya no es el tiempo, señores, en que la discordia civil ensangrentaba nuestras plazas públicas, en que el propietario, el negociante, el mismo obrero, que se dormía de noche con un sueño apacible, temblaban al verse despertar de pronto al ruido del toque de rebato, en que las máximas más subversivas minaban audazmente las bases…»

—Es que podrían —dijo Rodolfo— verme desde abajo; luego tendría durante quince días que dar explicaciones, y con mi mala fama…


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