Madame Bovary

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—¡Oh!, usted se calumnia —dijo Emma.

—No, no, es execrable, se lo juro.

«Pero, señores, —continuaba el consejero—, si, alejando de mi recuerdo aquellos sombríos cuadros, vuelvo mis ojos a la situación actual de nuestra hermosa patria: ¿qué veo en ella? Por todas partes florecen el comercio y las artes; por todas partes nuevas vías de comunicación, como otras tantas arterias nuevas en el cuerpo del Estado establecen en él nuevas relaciones; nuestros grandes centros manufactureros han reanudado su actividad; la religión, más afianzada, sonríe a todos los corazones; nuestros puertos están llenos, la confianza renace, y, por fin, Francia respira».

—Por lo demás —añadió Rodolfo—, quizás, desde el punto de vista de la gente, ¿tienen razón?

—¿Cómo es eso? —dijo ella.

—¿Y cómo ha de ser? —dijo él—, ¿no sabe usted que hay almas continuamente atormentadas? Necesitan alternativamente el sueño y la acción, las pasiones más puras, los goces más furiosos, y se precipitan así en toda clase de fantasías, de locuras.

Entonces ella lo miró como quien contempla a un viajero que ha pasado por países extraordinarios, y replicó:

—Nosotras, las pobres mujeres, ni siquiera tenemos esa distracción.


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