Madame Bovary
Madame Bovary —Triste distracción, pues ahà no se encuentra la felicidad.
—¿Pero acaso la felicidad se encuentra alguna vez? —preguntó ella.
—SÃ, un dÃa se encuentra —respondió él.
«Y esto lo han comprendido ustedes», decÃa el consejero, «¡ustedes, agricultores, trabajadores del campo; ustedes, pioneros pacÃficos de toda una obra de civilización!, ¡ustedes, hombres de progreso y de moralidad!, ustedes han comprendido, digo, que las tormentas polÃticas son todavÃa más temibles ciertamente que las perturbaciones atmosféricas…»
—SÃ, llega un dÃa —repitió Rodolfo—, un dÃa, de pronto, y cuando ya se habÃa perdido la esperanza. Entonces se entreabren horizontes, es como una voz que grita: «¡Aquà está!». Uno siente la necesidad de hacer a esa persona la confidencia de su vida, de darle todo, de sacrificarle todo. No nos explicamos, nos adivinamos. Nos hemos vislumbrado en sueños (y él la miraba). Por fin, está ahÃ, ese tesoro que tanto se ha buscado, ahÃ, delante de nosotros; brilla, resplandece. Sin embargo, seguimos dudando, no nos atrevemos a creer en él; nos quedamos deslumbrados, como si saliéramos de las tinieblas a la luz.