Madame Bovary

Madame Bovary

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Y al terminar estas palabras Rodolfo añadió la pantomima a su frase. Pasó la mano por la cara como un hombre a quien le da un mareo; después la dejó caer sobre la de Emma. Ella retiró la suya. Pero el consejero seguía leyendo:

«¿Y quién se extrañaría de ello, señores? Sólo aquél que fuese tan ciego y tan esclavo (no temo decirlo), de los prejuicios de otra época para seguir desconociendo el espíritu de los pueblos agrícolas. ¿Dónde encontrar, en efecto, más patriotismo que en el campo, más entrega a la causa pública, más inteligencia, en una palabra? Y no hablo, señores, de esa inteligencia superficial, vano ornamento de las mentes ociosas, sino de esa inteligencia profunda y moderada que se aplica por encima de todo a perseguir fines útiles, contribuyendo así al bien de cada uno, fruto del respeto a las leyes y la práctica de los deberes…»

—¡Y dale! —dijo Rodolfo—, siempre los deberes. Estoy harto de esas palabras. Son un montón de zopencos con chaleco de franela y de beatas de estufa y rosario que continuamente nos cantan a los oídos: «¡El deber!, ¡el deber!». ¡Qué diablos!, el deber, es sentir lo que es grande, amar lo que es bello, y no aceptar todos los convencionalismos de la sociedad, con las ignominias que ella nos impone.

—Sin embargo…, sin embargo —objetaba Madame Bovary.


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