Madame Bovary
Madame Bovary —¡Pues no! ¿Por qué predicar contra las pasiones? ¿No son la única cosa hermosa que hay sobre la tierra, la fuente del heroÃsmo, del entusiasmo, de la poesÃa, de la música, de las artes, en fin, de todo?
—Pero es preciso —dijo Emma— seguir un poco la opinión del mundo y obedecer su moral.
—¡Ah!, es que hay dos —replicó él—. La pequeña, la convencional, la de los hombres, la que varÃa sin cesar y que chilla tan fuerte, se agita abajo a ras de tierra, como ese hato de imbéciles que usted ve. Pero la otra, la eterna, está alrededor y por encima, como el paisaje que nos rodea y el cielo azul que nos alumbra.
El señor Lieuvain acababa de limpiarse la boca con su pañuelo de bolsillo. Y continuó: