Madame Bovary

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Al lado, sobre el césped, entre los abetos, una tenue luz iluminaba la tibia atmósfera. La tierra, rojiza como polvo de tabaco, amortiguaba el ruido de los pasos, y con la punta de sus herraduras, al caminar, los caballos se llevaban por delante las piñas caídas.

Rodolfo y Emmasiguieron así el lindero del bosque. Ella se volvía de vez en cuando a fin de evitar su mirada, y entonces no veía más que los troncos de los abetos alineados, cuya sucesión continuada le aturdía un poco. Los caballos resoplaban. El cuero de las sillas crujía.

En el momento en que entraron en el bosque salió el sol.

—¡Dios nos protege! —dijo Rodolfo.

—¿Usted cree? —dijo ella.

—¡Avancemos!, ¡avancemos! —replicó él.




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