Madame Bovary
Madame Bovary —¡Oh!, un poco más —dijo Rodolfo—. ¡No nos vayamos!, ¡quédese!
La llevó más lejos, alrededor de un pequeño estanque, donde las lentejas de agua formaban una capa verde sobre las ondas. Unos nenúfares marchitos se mantenÃan inmóviles entre los juncos. Al ruido de sus pasos en la hierba, unas ranas saltaban para esconderse.
—Hago mal, hago mal —decÃa ella—. Soy una loca haciéndole caso.
—¿Por qué?… ¡Emma! ¡Emma!
—¡Oh, Rodolfo!… —dijo lentamente la joven mujer apoyándose en su hombro.
La tela de su vestido se prendÃa en el terciopelo de la levita de Rodolfo; inclinó hacia atrás su blanco cuello, que dilataba con un suspiro; y desfallecida, deshecha en llanto, con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó.