Madame Bovary

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Él tuvo un gesto de cólera y de fastidio. Ella repitió:

—¿Dónde están los caballos?, ¿dónde están los caballos?

Entonces Rodolfo, con una extraña sonrisa y con la mirada fija, los dientes apretados, se adelantó abriendo los brazos. Ella retrocedió temblando. Balbuceaba:

—¡Oh! ¡Usted me da miedo! ¡Me hace daño! Vámonos.

Y él se volvió enseguida respetuoso, acariciador, tímido.

—Ya que no hay más remedio —replicó él, cambiando de talante.

Emma le ofreció su brazo. Dieron vuelta. Él decía:

—¿Qué le pasaba? ¿Por qué? No la he entendido. Usted se equivoca conmigo sin duda. Usted está en mi alma como una madona sobre un pedestal, en un lugar elevado, sólido a inmaculado. Pero la necesito para vivir. ¡Necesito sus ojos, su voz, su pensamiento! ¡Sea mi amiga, mi hermana, mi ángel!

Y alargaba el brazo y le estrechaba la cintura. Ella trataba débilmente de desprenderse. Él la retenía así, caminando.

Pero oyeron los dos caballos que ramoneaban el follaje.


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