Madame Bovary

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Emma se arrepintió de haber dejado tan bruscamente al recaudador. Sin duda, él iba a hacer conjeturas desfavorables. El cuento de la nodriza era la peor excusa, pues todo el mundo sabía bien en Yonville que la pequeña Bovary desde hacía un año había vuelto a casa de sus padres. Además, nadie vivía en los alrededores; aquel camino sólo llevaba a la Huchette; Binet había adivinado, pues, de dónde venía, y no callaría, hablaría, estaba segura. Ella permaneció hasta la noche torturándose la mente con todos los proyectos de mentiras imaginables, y teniendo sin cesar delante de sus ojos a aquel imbécil con morral.

Carlos, después de la cena, viéndola preocupada, quiso, para distraerla, llevarla a casa del farmacéutico; y la primera persona que vio en la farmacia fue precisamente al recaudador. Estaba de pie delante del mostrador, alumbrado por la luz del bocal rojo, y decía:

—Deme, por favor, media onza de vitriolo.

Justino —dijo el boticario, tráenos el ácido sulfúrico.

Después, a Emma, que quería subir al piso de la señora Homais:

—No, quédese, no vale la pena, ella va a bajar. Caliéntese en la estufa entretanto…


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