Madame Bovary
Madame Bovary —Dispénseme… Buenas tardes, doctor —pues el farmacéutico se complacía en pronunciar esta palabra «doctor», como si, dirigiéndose a otro, hubiese hecho recaer sobre sí mismo algo de la pompa que encontraba en ello… Pero ¡cuidado con volcar los morteros!, es mejor que vayas a buscar las sillas de la salita; ya sabes que hay que mover los sillones del salón.
Y para volver a poner la butaca en su sitio, Homais se precipitaba fuera del mostrador, cuando Binet le pidió media onza de ácido de azúcar.
—¿Ácido de azúcar? —dijo el farmacéutico desdeñosamente. ¡No conozco, no sé!
—¿Usted quiere quizá ácido oxálico? ¿Es oxálico, no es cierto?
Binet explicó que necesitaba un cáustico para preparar él mismo un agua de cobre con que desoxidar diversos utensilios de caza. Emma se estremeció.
El farmacéutico empezó a decir.
—En efecto, el tiempo no está propicio a causa de la humedad.
—Sin embargo —replicó el recaudador con aire maficioso—, hay quien no se asusta.
Emma estaba sofocada.
—Deme también.
«¿No se marchará de una vez?, pensaba ella».