Madame Bovary

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—¡Ah!, es que hace un poco de calor respondió ella.

Al día siguiente pensaron en organizar sus citas; Emma quería sobornar a su criada con un regalo; pero habría sido mejor descubrir en Yonville alguna casa discreta. Rodolfo prometió buscar una.

Durante todo el invierno, tres o cuatro veces por semana, de noche cerrada, él llegaba a la huerta. Emma, con toda intención, había retirado la llave de la barrera que Carlos creyó perdida.

Para avisarla, Rodolfo tiraba a la persiana un puñado de arena. Ella se levantaba sobresaltada; pero a veces tenía que esperar, pues Carlos tenía la manía de charlar al lado del fuego y no acababa nunca. Ella se consumía de impaciencia; si sus ojos hubieran podido le habría hecho saltar por las ventanas. Por fin, comenzaba su aseo nocturno; después, tomaba un libro y seguía leyendo muy tranquilamente, como si la lectura la entretuviese. Pero Carlos, que estaba en la cama, la llamaba para acostarse.

—Emma, ven —le decía, es hora.

—¡Sí, ya voy! —respondía ella.

Entretanto como las velas le deslumbraban, él se volvía hacia la pared y se quedaba dormido. Ella se escapaba conteniendo la respiración, sonriente, palpitante, sin vestirse.


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