Madame Bovary

Madame Bovary

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Rodolfo llevaba un gran abrigo; la envolvía por completo, y, pasándole el brazo por la cintura, la llevaba sin hablar hasta el fondo del jardín.

Era bajo el cenador, en el mismo banco de palos podridos donde antaño León la miraba tan enamorado en las noches de verano. Emma ahora apenas pensaba en él.

Las estrellas brillaban a través de las ramas del jazmín sin hojas. Detrás de ellos oían correr el río, y, de vez en cuando, en la orilla, el chasquido de las cañas secas. Masas de sombra, aquí y allí, se ensanchaban en la oscuridad, y a veces, movidas todas al unísono, se levantaban y se inclinaban como inmensas olas negras que se hubiesen adelantado para volver a cubrirlos. El frío de la noche les hacía juntarse más; los suspiros de sus labios les parecían más fuertes; sus ojos, que apenas entreveían, les parecían más grandes, y, en medio del silencio, había palabras pronunciadas tan bajo que caían sobre su alma con una sonoridad cristalina y que se reproducían, en vibraciones multiplicadas.




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