Madame Bovary

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Cuando la noche estaba lluviosa iban a refugiarse al consultorio, entre la cochera y la caballeriza. Ella encendía uno de los candelabros de la cocina que había escondido detrás de los libros. Rodolfo se instalaba allí como en su casa. La vista de la biblioteca y del despacho, de todo el departamento finalmente, excitaba su alegría; y no podía contenerse sin bromear a costa de Carlos, lo cual molestaba a Emma. Ella hubiese deseado verle más serio, a incluso más dramático, llegado el caso, como aquella vez en que creyó oír en el paseo de la huerta un ruido de pasos que se acercaban.

—Alguien viene —dijo ella.

Rodolfo apagó la luz.

—¿Tienes tus pistolas?

—¿Para qué?

—Pues… para defenderte —replicó Emma.

—¿De tu marido? ¡Ah!, ¡pobre chico!

Y Rodolfo remató la frase con un gesto que significaba: « Lo aplastaría de un papirotazo».

Emma se quedó pasmada de su valentía, aunque notara una especie de falta de delicadeza y de grosería ingenua que le escandalizó.


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