Madame Bovary
Madame Bovary Rodolfo pensó mucho en aquella historia de pistolas. Si Emma había hablado en serio, resultaría muy ridículo, pensaba él, incluso odioso, pues no tenía ninguna razón para odiar al buenazo de Carlos, no estando lo que se dice consumido por los celos; y, a este propósito, Emma le había hecho un gran juramento que él no encontraba tampoco del mejor gusto.
Por otra parte, se estaba poniendo muy sentimental. Habían tenido que intercambiarse retratos, se habían cortado mechones de cabello, y Emma pedía ahora un anillo, un verdadero anillo de matrimonio en señal de alianza eterna. A menudo le hablaba de las campanas del atardecer o de las «voces de la naturaleza»; después, de su madre y de la de él. Rodolfo la había perdido hacía veinte años. Emma, sin embargo, le consolaba con remilgos de lenguaje, como se hubiera hecho con un niño abandonado, a incluso le decía a veces, mirando la luna:
—Estoy segura que desde allá arriba, las dos juntas aprueban nuestro amor.