Madame Bovary
Madame Bovary ¡Pero era tan bonita!, ¡había poseído tan pocas mujeres con semejante candor! Este amor sin desenfreno era para él algo nuevo, y sacándole de sus costumbres fáciles, halagaba a la vez su orgullo y su sensualidad. La exaltación de Emma, que su buen sentido burgués desdeñaba, le parecía en el fondo del corazón encantadora, puesto que se dirigía a su persona. Entonces, seguro de ser amado, no se molestó, a insensiblemente sus maneras cambiaron.
Ya no empleaba como antes aquellas palabras tan dulces que la hacían llorar, ni aquellas vehementes caricias que la enloquecían; de modo que su gran amor en el que vivía inmersa le pareció que iba descendiendo bajo sus pies, como el agua de un río que se absorbiera en su cauce, y percibió el fango. No quería creerlo; redobló su ternura; y Rodolfo, cada vez menos, ocultó su indiferencia.
Emma no sabía si le pesaba haber cedido o, por el contrario, si deseaba amarle más. La humillación de sentirse débil se tornaba en rencor que los placeres atemperaban. No era cariño, era como una seducción permanente. Rodolfo la subyugaba. Ella casi le tenía miedo.