Madame Bovary
Madame Bovary Homais habÃa leÃdo recientemente el elogio de un nuevo método para curar a los patizambos; y, como era partidario del progreso, concibió esta idea patriótica de que Yonville, para «ponerse a nivel», debÃa hacer operaciones de estrefopodia.
—Porque —le decÃa a Emma— ¿qué se arriesga? FÃjese bien —y enumeraba con los dedos las ventajas de la tentativa; éxito casi seguro, alivio y embellecimiento del enfermo, inmediato renombre para el operador. Por qué su marido, por ejemplo, no intenta aliviar a ese pobre Hipólito del «Lion d'Or». Tenga en cuenta que él contarÃa su curación a todos los viajeros, y además (Homais bajaba la voz y miraba a su alrededor), ¿quién me impedirÃa enviar al periódico una notita al respecto? ¡Dios mÃo! ¡Como se propague la noticia!, se hable del caso…, ¡acaba por hacer bola de nieve! ¿Y quién sabe?
En efecto, Bovary podÃa triunfar; nadie le decÃa a Emma que su marido no fuese hábil, y qué satisfacción para ella haberlo comprometido en una empresa de la que su fama y su fortuna saldrÃan acrecentadas. Ella no pedÃa otra cosa que apoyarse en algo más sólido que el amor.
Carlos, solicitado por el boticario y por ella, se dejó convencer. Pidió a Rouen el volumen del doctor Duval, y todas las noches, con la cabeza entre las manos, se sumÃa en aquella lectura.
