Madame Bovary
Madame Bovary —No eres un hombre, ¡pardiez! ¿Qué pasaría si hubieras tenido que hacer el servicio, combatir por la patria…? ¡Ah, Hipólito!
Y Homais se alejaba, diciendo que no entendía aquella tozudez, aquella ceguera en rechazar los beneficios de la ciencia.
El infeliz cedió, pues aquello fue como una conjuración; Binet, que jamás se mezclaba en los asuntos ajenos, la señora Lefrançois, Artemisa, los vecinos, y hasta el alcalde, señor Tuvache, todo el mundo le aconsejó, le sermoneó, le avergonzó; pero lo que acabó por decidirle, «es que eso no le costaría nada». Bovary se encargaba incluso de proporcionar la máquina para la operación. Emma había tenido esta idea generosa; y Carlos accedió a ello, diciéndose en el fondo del corazón que su mujer era un ángel.
Con los consejos del farmacéutico, y volviendo a empezar tres veces, mandó hacer al carpintero, ayudado por el cerrajero, una especie de caja que pesaba cerca de ocho libras, y en la cual el hierro, la madera, la chapa, el cuero, los tornillos y las tuercas no se habían escatimado.
Sin embargo, para saber qué tendón cortar a Hipólito, había que conocer primeramente qué clase de pie zambo era el suyo.