Madame Bovary
Madame Bovary Y el médico se iba, recomendándole siempre la dieta.
—No le hagas caso, hijo mÃo —replicaba la señora Lefrançois—; ya lo han martirizado bastante. ¿Vas a seguir debilitándote? ¡Toma, come!
Y le ofrecÃa algún buen caldo, alguna tajada de pierna de cordero, algún trozo de tocino, y a veces unas copitas de aguardiente, que Hipólito no tenÃa valor para llevar a sus labios.
El abate Bournisien, al saber que empeoraba, pidió verlo. Empezó por compadecerle de su enfermedad, al tiempo que declaraba que habÃa que alegrarse puesto que era la voluntad del Señor, y aprovechar pronto la ocasión para reconciliarse con el cielo.