Madame Bovary

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—Pues —decía el eclesiástico en un tono paterno— descuidabas un poco tus deberes; raramente se te veía en el oficio divino; ¿cuántos años hace que no lo acercas a la sagrada mesa? Comprendo que tus ocupaciones, que el torbellino del mundo hayan podido apartarte de la preocupación de tu salvación. Pero ahora es el momento de pensar en ella. No desesperes a pesar de todo; he conocido grandes pecadores que, próximos a comparecer ante Dios, tú no lo estás todavía, estoy seguro, imploraban sus misericordias y que ciertamente murieron en las mejores disposiciones. Esperemos que, igual que ellos, tú nos des buenos ejemplos. Así, por precaución, quién lo impedirá rezar mañana y noche un «Ave María» y un «Padre nuestro». ¡Sí, hazlo por mí, por complacerme! ¿Qué te cuesta?… ¿Me lo prometes?

El pobre diablo lo prometió. El cura volvió los días siguientes. Charlaba con la posadera a incluso contaba anécdotas entremezcladas con bromas, con juegos de palabras que Hipólito no comprendía. Después, cuando la circunstancia lo permitía, volvía a insistir sobre los temas de religión, poniendo una cara de circunstancias. Su celo pareció dar resultado, porque pronto el estrefópodo manifestó propósito de ir en peregrinación al Buen Socorro, si se curaba: a lo cual el señor Bournisien respondió que no veía inconveniente: dos precauciones valían más que una. «No se arriesgaba nada».


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