Madame Bovary

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El boticario se indignó contra lo que él llamaba «maniobras del cura»; perjudicaban, según él, la convalecencia de Hipólito y repetía a la señora Lefrançois:

—¡Déjele!, ¡déjele! ¡Usted le está perturbando la moral con su misticismo!

Pero la buena señora ya no quería seguir escuchándole. El era «la causa de todo». Por espíritu de contradicción, incluso colgó una pila llena de agua bendita, con una ramita de boj.

Sin embargo, ni la religión ni tampoco la cirugía parecían aliviarle, y la invencible gangrena seguía subiendo desde las extremidades hasta el vientre. Por más que variaban las pociones y se cambiaban las cataplasmas, los músculos se iban despegando cada día más, y por fin Carlos contestó con una señal de cabeza afirmativa cuando la señora Lefrançois le preguntó si no podría, como último recurso, hacer venir de Neufchâtel al señor Canivet, que era una celebridad.




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