Madame Bovary
Madame Bovary —¿Para qué sirve eso? —preguntaba el joven pasando la mano por el miriñaque o los corchetes.
—¿Pero nunca has visto nada de esto? —respondÃa riendo Felicidad, como si lo patrona, la señora Homais, no los llevara iguales.
—¡Ah sÃ!, ¡la señora Homais!
Y añadÃa con un tono meditabundo:
Perfume obtenido de la planta del mismo nombre.
—¿Pero es una señora como la tuya?
Felicidad se impacientaba viéndole dar vueltas a su alrededor. Ella tenÃa seis años más que él, y Teodoro, el criado del señor Guillaumin, empezaba a hacerle la corte.
—¡Déjame en paz! —le decÃa apartando el tarro de almidón—. Vete a machacar almendras; siempre estás husmeando alrededor de las mujeres; para meterte en eso, aguarda a que te salga la barba, travieso chaval.
—Vamos, no se enfade, voy a limpiarle sus botines.
E inmediatamente alcanzaba sobre la chambrana los zapatos de Emma, todos llenos de barro, el barro de las citas que se deshacÃa en polvo entre sus dedos y que veÃa subir suavemente en un rayo de sol.
—¡Qué miedo tienes de estropearlos! —decÃa la cocinera, que no se esmeraba tanto cuando los limpiaba ella misma, porque la señora, cuando la tela ya no estaba nueva, se los dejaba.